11 nov. 2011

La angustia es intangible, 
como las cosas verdaderas. 
Como el abrazo de tu cuerpo 
en la luz diurna
desde mi interior, 
desde las flores secas. 
Ahora llueve:
volvés como el humo
a mis entrañas

28 ago. 2011

Ellos - Gregory Corso.









Ellos, esos "ellos" sin nombre,
me derribaron
                     pero me levanté
siempre me levanto...
Y maldije cuando me caí
                      muchas veces soporté la caída;
nadie mueve a una montaña salvo ella misma
A ellos, hace mucho los llamé yo.

Gregory Corso.


31 may. 2011

Sin título

Se quiere liberar, pero me ata al recuerdo.
Espera el reflejo del día en el horizonte:
esa ilusión de nene preescolar.
Mientras hace tajos en mis ojos
con humo blanco
de mis huesos quemados,
espero que suelte la cuerda
para quemarme en su memoria.

-Rosario Hollmann.

20 mar. 2011

Noche.

-Tomá, acá tenés el café.
-Gracias.
-No hay de qué, amor. ¿Te enteraste lo que pasó con la vecina del 4ºB, ayer?
Así había empezado a hablar otra vez. El living tenía una distribución perfecta. Los sillones estaban alineados con exactitud, y formaban una especie de semicírculo al rededor de una mesita ratona. Allí arriba había dos tazas de café, y una de ellas estaba sobre un posavasos blanco.
Yo estaba sentada en un sillón de una pieza que enfrentaba un ventanal. La cortina estaba apenas corrida, y desde el segundo piso del departamento costero se podía ver la noche que se extendía al ritmo de la música que vomitaba la radio, en su programa de lentos nocturnos.
El cielo era una tela de raso negro, sin estrellas ni nubes. Simplemente una extensión de algún ser desdichado que había decidido compartirse con la noche. Los barcos flotaban como recuerdos fantasmas de viajes sin realizar, de sueños muertos y vibraban como deseos agonizantes a punto de morir. No se mecían, como solía pasar en el resto de las vidas, menos en la mía. Parecían querer contener cada movimiento hasta desbordar de ellos, y pequeñas vibraciones se expandían desde la proa hasta la popa y esas pequeñas convulsiones hacían que la luz centelleara con furia algunas veces y que, simplemente, muriera otras.
Como por inercia, me levanté del sillón, y me acerqué hasta la ventana, donde estaba corrida la cortina verde con franjas blancas. Los vidrios limpiados hacía menos de veinte minutos, me reflejaban perfectamente. Me ví con los ojos ausentes, y una mueca de miedo asomaba a mis labios. Desde allí no podía seguir viendo el resto de la noche. Abrí la ventana con sus pulcros marcos blancos, haciendo juego con la cortina y el tapizado de los sillones.
-¿Me estás presntando atención?
-Sí, claro que sí. Solamente quiero que corra un poco de aire. ¿Qué pasó después de eso?
-Ah, bueno. Entonces sigo...
Una pequeña brisa me besó el cuello, la frente y los pómulos, se metió por mi ropa y me recorrió el pecho, el abdómen, la cintura, los muslos, las rodillas y las pantorrillas. Sentía que me elevaba y me dirigía hacia aquel cielo lleno de barcos, de sueños rotos y deseos vibrantes. Quería recorrer la noche sin sombras, y bañarme en su luz. Me asomé un poco más por la ventana y pude ver que la noche se convertía en mar, y que éste vomitaba las nubes que faltaban al hacer contacto con la arena áspera. Mi vista se tropezaba con algunos caracoles o algunas piedras que el mar absorvía con vehemencia para escupirlos quién sabe en qué orilla, o para acariciarlos hasta enterrarlos en su profundidad.
Me asaltaron unas ganas furiosas de ser un caracol o una piedra y que me arrastraran, acariciaran, tomaran y escupieran.
El resto de la noche, no tenía la fuerza suficiente para existir por sí misma. Todo lo demás se sublevaba ante este extraño poder que había adquirido el dueto cielo-océano. Se habían fucionado, y mezclaban sus almas para construir una sola y dominar al resto sin necesidad de discursos o promesas vanas. La luz de las farolas colocadas en el perímetro sólo servían para acentuar esa unión. El cemento del piso y de las barandas, conseguía resaltar la escena natural. El ruído y el movimiento ajenos a ellos conseguían enmudecer y aquietar más aún el paisaje que mi mente había encerrado en una especie de burbuja, y que había dejado fuera de mí.
Una mano se arrastró hasta el marco de la ventana y lo cerró con fuerza. Esa misma mano, hacía que mi reflejo volviera a enfrentarse a mí y que me mirara con cierta tristeza. Descubrí que una lágrima se había desayunado mi maquillaje. Aquella mano hecha de huesos grises y carne sólida que estaba recubierta por un guante de piel tersa y morena, ahora corría la cortina y asesinaba mi reflejo, el océano, la noche, los sueños, los viajes, las vibraciones, los deseos, el raso negro, las proas y las popas, el calor, la unión, la belleza, el poder, y la atracción. Aquella mano hecha de huesos de humo y vasos sanguíneos vacíos, me ponía una taza de café instantáneo en mí propia mano hecha de quién sabe qué cosas, que revolvía la infusión sólo para marearla.
Esa mano me había quitado de mí y me guiaba ahora hacia un sillón de cuero blanco, que convinaba con el marco cerrado de la ventana de vidrios limpios. La misma ventana que tenía una cortina verde y blanca que caía prolija y brulona sobre la noche y sobre mí.
-Así que, en realidad fue eso lo que pasó. Yo creo que está loca esa mujer. Creo que sueña demasiado para lo que puede hacer. ¿Está bien el café, así?
-Sí. Sí, está bien así.

-Rosario Hollmann.

4 mar. 2011

Recordatorio.

Entré en la cocina. Todo estaba desordenado. Las sillas habían sido apartadas de la mesa y colocadas contra una pared blanca dejando una gran marca negra, producto de la pintura. Había una botella de vino tinto sobre la mesada de granito y una mujer con un cuchillo en la mano lloraba apoyada en la ventana gris. Tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre. El maquillaje se le había corrido cuando se enjugó las lágrimas. Me miró mientras el horror se escapaba de sus ojos. Su cara se había transformado al verme entrar en la habitación. Desde ahí la veía deseosa, tal vez, de que no me enterara lo que había sucedido.
 Cerca del cuerpo que fue  destrozado, había una copa vacía con vestigios de una bebida bordó.
Mientras analizaba la situación, sus ojos iban adoptando el tamaño normal gracias al viento que corría. Quise decir algo, sin embargo la irritación que sentía en ese momento me impidió ser delicada. Lo único que pude hacer, fue decirle:
-Sabés que el vino tinto no me gusta. Y el tuco con cebolla, tampoco.

-Rosario Hollmann.

19 feb. 2011

Desnuda.

El aire corría por tu cuerpo y me esquivaba
llenándome de vacío. 
Algo borboteaba allá, en otro mundo,
lejos de mis ojos y de tu piel.

-Rosario Hollmann.

18 feb. 2011

Descontento.

Como quien corre sin dirección en la noche
percibiendo con la piel dónde hay un hueco
y dónde un escalón.
Imaginando el nombre de la única cosa que existe,
el nombre tuyo,
en esa
oscuridad.
Donde un pie que se encuentra con la piedra
es el clamor de un recuerdo.
Y terminar bien el camino,
es amanecer solo.

-Rosario Hollmann.

10 feb. 2011

Morirse.

Tenía la dulzura de la edad avanzada
y la piel oliva colgando.
Resoplaba sentado en una silla
de caoba.
Rememorando algún tango,
le devolvieron su risa de bandoneón
y algo en sus ojos de avellana
se apagó para siempre.

-Rosario Hollmann.

8 feb. 2011

Equis.

Se dio vuelta, y observó a su alrededor: el campo parecía florecer con una velocidad inusual. Apenas estaban a mediados de Octubre, sin embargo, se podían ver llameantes colores pintados en los pétalos de las flores. Rojos intensos, y blancos pulcros, casi santos. La hojarasca crujiente, había sido desplazada por las frondas carnosas color esperanza. El pasto corto despedía un aroma curioso, que mezclado con el café de la tarde, le endulzaban el olfato.
Cerca suyo estaba la mesa de madera, tipo camping. Y allí sentados había dos hombres y dos mujeres que se repartían un mazo de cartas por turnos.
Sobre el costado derecho de la mesa, había un paquete de galletitas abierto. Lo había comprado antes de salir de la ciudad, en caso de que tuviesen hambre durante el viaje, pero recién lo habían abierto, para tomar el café en saquitos, que encontraron en el bolso azul. Aún a esa distancia, era capaz de asegurar que las galletitas de chocolate rellenas con crema, habían sido las primeras en desvanecerse.
Una puntada en la vejiga, hizo que volviera a hablar, luego de varias horas.
“-Che, me meo...
-Y andá al baño, entonces.
-No quiero, me tendría que levantar. “
Prendió un cigarrillo para hacer tiempo. Lo colocó entre sus labios y al tiempo que acercaba la llama a la punta opuesta, aspiró desde el filtro anaranjado. El humo gris le inundó los pulmones hasta el último alveolo, pasándole con una suavidad seductora por la tráquea, mientras su masa incorpórea rozaba las paredes de su garganta, acariciándolo.
Comenzó a sentir una presión en la parte baja del vientre y, aún así, esperó a terminar el cigarrillo, que se consumió con velocidad.
Resignado se levantó con lentitud, intentando retrasar al máximo el momento de llegar al baño. Sin embargo, el tiempo, que solía transcurrir a su antojo, lo acercó en un abrir y cerrar de ojos a la colina. Ahí se encontró de frente a una pequeña casa, con techo de tejas rojas y paredes pintadas y sucias. El corazón le latía con fuerza en el pecho, repiqueteando. Observó con ojo crítico la casucha que lo atormentaba: había manchas de humedad cerca del piso, donde la pared encuentra su ángulo complementario con el suelo. Allí el pasto, se convertía en un pastizal añejo.
Cinco metros de pared separaban dos puertas. Ambas tenían un cartel cuadrado colgando, de color negro, y dentro había una figura pintada; en la puerta de la derecha tenía un círculo blanco unido a un cuerpo –también blanco- que usaba un vestido. A su izquierda el cartel alojaba otro cuerpo: el suyo. El cuerpo de un hombre.
Volvió a mirar las puertas. La que se sentía obligado a atravesar estaba pintada de celeste, mientras que la que el mundo de prohibía traspasar, era rosa. Un rosa suave, inclusive delicado, frágil y aún así imponente.
Su corazón, mandatario del deseo, seguía apuntalándole el pecho, gritándole desde su interior, ordenándole.
Un sudor frío comenzó a bañarle el cuerpo. Se sentía enfermo. Dentro de su cabeza, y en sus oídos, podía escuchar el eco de las palpitaciones frenéticas.
Acercó su brazo derecho al picaporte.
Ya había desperdiciado mucho tiempo en esa decisión y sabía que era inútil seguir retrasándola.
Al fin hizo contacto con el frío metal, que le devolvió una sucesión de recuerdos: en ellos se podía ver hurgando en el ropero de su hermana eligiendo algún sombrero que combinara con los tacos altos. Se vio a sí mismo, con un pequeño corpiño deportivo que había robado en algún negocio lejano, y también vio miles de pequeños dedos señalándolo y otro millas de sonrisas burlonas. Inclusive fue capaz de volver a escuchar los insultos de su padre, y se le erizó el vello de la nuca.
Abrió la puerta, despertando de aquella ensoñación. Al entrar al baño dejó atrás el pudor y las lágrimas. Atravesó el umbral, al mismo tiempo que soltaba una carcajada que retaba al mundo a desafiarlo. Una carcajada fatigada de fingir. Una carcajada que parecía más una bienvenida a ser luna de día, a ser lo otro, a ser lo desagradable, a ser la equis en lugar de la vocal abierta, a ser feliz. O quizá, no era más que una despedida, y la brillante invitación a no ser, y comenzar a existir a su manera.

-Rosario Hollmann.

7 feb. 2011

Colisión.

Lágrimas que se volcaron como cenizas
al candor de la vida.
Llanto, acaso envenenado, en cada partícula
que revolotea perdida en el cosmos.
En cada partícula
un salado mundo mojado que se resbala.
En ese resbalar trágico
una caída sin tiempo.
Con el sin tiempo
el universo te da la espalda sin decir adiós.
Pero ahora ya no hay más sin tiempos, 
ni realidades húmedas, o partículas.
Porque no te ven, y entonces no existís.
E intentás entenderlo en la caída húmeda, 
y lo ves y te duele, 
pero los hombres no lloran.

-Rosario Hollmann.


(Las frases en este color, perteneces a Alberto Calderón.)

Una bugia veniale.

Que sea una cuestión de fe 
la que mine el fardo católico,
y se oigan las voces
¡Per'l amore de Dio!


Si los cayos no te importaban 
¿Por qué no caminaste sobre tierra
en vez de hacerlo sobre el agua?


Y mientras, tú aliento 
intentaba ser el mío.


Ni en el Nuevo Testamento 
ni en el Diagramma della Veritá, 
oculto bajo deobleces matemáticos 
o la funda de la sábana
en ningún lado estaba explicado; 
¿Cómo hacer para alejarte de mi aliento?


Y se oyeron las voces: 
¡Per'l amore de Dio
che coglione che ha questa!


Eras más difícil de entender 
que DIII
¡Y mirá lo que te digo!


Necesitabas la arrogante verdad, 
y tu sed te daba de beber. 
Jugabas a ser Dios, 
pero la piedra angular 
que construyó la iglesia
fue la misma que la destruyó


¡Per'l amore de Dio!


En estados inducidos, iluminada, 
pellizcada.


Y la burda verdad te golpeó
con deliberada fuerza,
y tu gemido se convirtió
en hielo seco,
cuando comprendiste.


Y no hiciste más que gritarme: 
¡Quereme per'l amore de Dio!

-Rosario Hollmann.

Segundos.

A lo lejos te podía ver entre llamas. Acostada con un termómetro en la boca, delirando. Si no hubieses estado más cerca de los treinta que de los cuarenta, me hubiese sacado la ropa y hubiese entrado corriendo en tu habitación para gritarte, una y miles de veces más ¡senil! ¡senil! ¡senil!. Pero en vez de haber hecho eso, sólo entré con la cabeza gacha a visitarte. Dormías. No deseaba irme, sin saber si te iba a volver a ver con tus ojos soñadores abiertos y compadrita como siempre.
Hice un poco de tiempo revisando tu biblioteca. Sabía que lo tenía prohibido, pero a esta altura no me importaba. Siempre me pedías que no lo haga, que sería lo mismo agarrar un cuchillo del primer cajón de caoba oscura y abrirte el pecho por el medio, para poder introducir las manos y buscar desenfrenadamente. ¿Buscar qué?, era la pregunta de siempre. Buscar, y sólo buscar por buscar. Hasta encontrar algo lo suficientemente interesante que hable de mí. Y cuando lo encuentres, no sólo no me vas a querer más, sino que vas a pensar que eso fue lo que siempre buscaste y tuviste.
Pero ahí estaba, yo: revisando libros, portadas, cuentos, poemarios. Tapas negras, azules, violetas, blancas. Libros pequeños que me llamaron la atención, y enciclopedias enormes que, sabía, nunca sería capaz de leer. En el último estante encontré un disco de vinilo. Me sonreí, y le arrebaté la envoltura de un solo tirón, casi rompiendo el fino cartón con imágenes en blanco y negro. Busqué el toca-discos, que estaba en tu cuarto de vestir, detrás de una cortina. La púa se clavó en el surco y luego del crujido, comenzó a sonar la introducción de un bandoneón.
Sentí envidia ¿Quién no querría morirse jóven entre todos esos libros, y el resoplar de un tango? Te clavé la mirada, rogando por que abrieras los ojos, te levantaras y bailaras conmigo. Sin embargo seguías respirando débilmente. Acerqué una silla que estaba ocupando espacio, como yo. La puse del lado derecho de tu cama, y me senté. Te acaricié una mano, y respingaste. Seguías siendo tan arisca como siempre, y no pude más que reir hasta perder la voz.
Ahí fue cuando te despertaste, y me miraste acusándome como si conocieras mis pensamientos. Fruncí el seño y me endurecí.
Bostezaste, y te levantaste de un salto, así moribunda como estabas. Probablemente habías enloquecido pero ¿qué te podía decir? Si ya estaba resignada a que en algún momento sucediera. Te tardaste demasiado. Te vi, entonces, levantarte, ir al baño e intentar desintegrar tus dientes con un cepillo rojo. Revisaste la biblioteca, y encontraste un pequeño tesoro. Aun así,tenías las facciones sorprendidas, como si nunca hubieses notado la belleza de las hojas descansando en la madera blanca y pulcra. Un arcoíris de cartón y alguna que otra tela se formaba con el lomo de los libros. Yo te espiaba de reojo, esperando que no lo notaras. Y vos seguías concentrada en los libros, como siempre. Pusiste un vinilo, y el molesto ruido de la púa deslizándose me astilló los oídos. Cuando me rozaste la mano, la sentí hirviendo, y húmeda. Te gruñí para que no sintieras el momento en que mi corazón dejaba de latir. Sabía que pronto no sería más que un recuerdo en alguna mente desvelada, un puñado de polvo, o algunos huesos que se desintegrarían con el tiempo. Y así y todo, me sorprendió que no entraras desnuda a la habitación para gritarme ¡senil! ¡senil! ¡senil!

-Rosario Hollmann.

6 feb. 2011

Sin título.

me dibujo en el cuerpo desnudo palabras
tu nombre se entierra gota a gota
en mi abdomen
hasta que suena la conciencia y vuelve el ardor

-Rosario Hollmann.

4 feb. 2011

Sonrisa

Robarle lapiceras Bic negra a la abuela
Que después voy a usar
para escribirle versos frágiles de cristal a ella
(que no sabe de dolor).

A la abuela,
encontrarla más desteñida, más gris,
más muerta.

Mentirle que mis lágrimas son de alegría,
para no decirle que le lloro al tiempo
(Que le ruego de rodillas).

Imaginarte en una callecita, y verte fugaz,
suplicando por algún amor (que no soy yo).
Que me veas más desteñida, más gris
acaso más muerta.

Y que no sepas que me contás los segundos
en sonrisas verticales.

-Rosario Hollmann.

3 feb. 2011

Regresión.

Me tocó con sus manos ásperas y cálidas, herejes y devotas. No le importó la extensión de los versos que le escribí.
Se me tiró encima con la delicadeza de una pluma que se desprende del cuerpo involuntariamente, y resignada cae. Sin embargo, el choque de su tacto fue lo suficientemente agresivo como para devolver, en un segundo, todos los recuerdos que me hicieron doler la cabeza. Quería vomitar, pero su piel en la mía, eran polos opuestos de dos imanes.
Me miró a los ojos, como si mirara una utopía. Entonces ¿para qué decir que algo me estaba destripando, que unos dientes punzantes me desgarraban el esófago, y que esa misma boca estaba a punto de besarme?
Mientras, mi sangre se volvía un vino espumante. Cosecha tardía de la peor selección, que me iba a tomar yo sola en el próximo almuerzo mientras recordaba un cuerpo.
Con el hervor de mi sangre, se mezclaba el veneno de su saliva. Y la humedad mínima prometida por el meteorólogo se elevó hasta el infinito.
Toda su piel se me regalaba con el polvo del piso, que ahora podía aspirar.
Su cuerpo, una suerte de lugar común, se había convertido en una prisión aguada y oscura donde estaba condenada a pasar otra eternidad enferma, de uñas en una pizarra.

-Rosario Hollmann.

Escampar.

¿Escuchaste?
Desde este lado del vidrio no para de llover.
Un carricoche despierta la siesta de la ciudad:
todo se levanta.
Y entre párpados el color.
Tu perfume flota en el fondo del río.
y los poemas dejan de ser una letra al lado de la otra.
¿Sentís?
Del otro lado del vidrio, sigue lloviendo.

-Rosario Hollmann.

2 feb. 2011

Caer.

Nos detenemos en la caida.
(Acaso caer para arriba)
Esperarte sin sentir.
Con caricias ásperas de papel.
Y beber el vino del tiempo, entre tus manos.


-Rosario Hollmann.

Educadora.

Estoy quebrada. Escucho tu verborragia llena de culpa. No entiendo nada.
Desaparece el todo en el todo.
Quedan mis almas flotando
en esa
oscuridad densa.
Le doy la mano a una mujer rubia que ya no es parte
de mí.
Nace el todo absorvido por el todo que vomita.
Una señora me pide que cuide el lenguaje. Me seco.
Repite lo que dije.
Pido disculpas.
Tiene razón.
RM: No insultar el úinico refugio que se posee.

-Rosario Hollmann.

Sin título

recuerdo la mujer desnuda
reflejada en un espejo de huesos quebrados
de sombras violetas en el vacío
esa era yo:
la amante enamorada
pintada en un muro de cuarto de hotel.

-Rosario Hollmann.