El aire corría por tu cuerpo y me esquivaba
llenándome de vacío.
Algo borboteaba allá, en otro mundo,
lejos de mis ojos y de tu piel.
-Rosario Hollmann.
Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas
19 feb 2011
18 feb 2011
Descontento.
Como quien corre sin dirección en la noche
percibiendo con la piel dónde hay un hueco
y dónde un escalón.
Imaginando el nombre de la única cosa que existe,
el nombre tuyo,
en esa
oscuridad.
Donde un pie que se encuentra con la piedra
es el clamor de un recuerdo.
Y terminar bien el camino,
es amanecer solo.
-Rosario Hollmann.
percibiendo con la piel dónde hay un hueco
y dónde un escalón.
Imaginando el nombre de la única cosa que existe,
el nombre tuyo,
en esa
oscuridad.
Donde un pie que se encuentra con la piedra
es el clamor de un recuerdo.
Y terminar bien el camino,
es amanecer solo.
-Rosario Hollmann.
10 feb 2011
Morirse.
Tenía la dulzura de la edad avanzada
y la piel oliva colgando.
Resoplaba sentado en una silla
de caoba.
Rememorando algún tango,
le devolvieron su risa de bandoneón
y algo en sus ojos de avellana
se apagó para siempre.
-Rosario Hollmann.
y la piel oliva colgando.
Resoplaba sentado en una silla
de caoba.
Rememorando algún tango,
le devolvieron su risa de bandoneón
y algo en sus ojos de avellana
se apagó para siempre.
-Rosario Hollmann.
8 feb 2011
Equis.
Se dio vuelta, y observó a su alrededor: el campo parecía florecer con una velocidad inusual. Apenas estaban a mediados de Octubre, sin embargo, se podían ver llameantes colores pintados en los pétalos de las flores. Rojos intensos, y blancos pulcros, casi santos. La hojarasca crujiente, había sido desplazada por las frondas carnosas color esperanza. El pasto corto despedía un aroma curioso, que mezclado con el café de la tarde, le endulzaban el olfato.
Cerca suyo estaba la mesa de madera, tipo camping. Y allí sentados había dos hombres y dos mujeres que se repartían un mazo de cartas por turnos.
Sobre el costado derecho de la mesa, había un paquete de galletitas abierto. Lo había comprado antes de salir de la ciudad, en caso de que tuviesen hambre durante el viaje, pero recién lo habían abierto, para tomar el café en saquitos, que encontraron en el bolso azul. Aún a esa distancia, era capaz de asegurar que las galletitas de chocolate rellenas con crema, habían sido las primeras en desvanecerse.
Una puntada en la vejiga, hizo que volviera a hablar, luego de varias horas.
“-Che, me meo...
-Y andá al baño, entonces.
-No quiero, me tendría que levantar. “
Prendió un cigarrillo para hacer tiempo. Lo colocó entre sus labios y al tiempo que acercaba la llama a la punta opuesta, aspiró desde el filtro anaranjado. El humo gris le inundó los pulmones hasta el último alveolo, pasándole con una suavidad seductora por la tráquea, mientras su masa incorpórea rozaba las paredes de su garganta, acariciándolo.
Comenzó a sentir una presión en la parte baja del vientre y, aún así, esperó a terminar el cigarrillo, que se consumió con velocidad.
Resignado se levantó con lentitud, intentando retrasar al máximo el momento de llegar al baño. Sin embargo, el tiempo, que solía transcurrir a su antojo, lo acercó en un abrir y cerrar de ojos a la colina. Ahí se encontró de frente a una pequeña casa, con techo de tejas rojas y paredes pintadas y sucias. El corazón le latía con fuerza en el pecho, repiqueteando. Observó con ojo crítico la casucha que lo atormentaba: había manchas de humedad cerca del piso, donde la pared encuentra su ángulo complementario con el suelo. Allí el pasto, se convertía en un pastizal añejo.
Cinco metros de pared separaban dos puertas. Ambas tenían un cartel cuadrado colgando, de color negro, y dentro había una figura pintada; en la puerta de la derecha tenía un círculo blanco unido a un cuerpo –también blanco- que usaba un vestido. A su izquierda el cartel alojaba otro cuerpo: el suyo. El cuerpo de un hombre.
Volvió a mirar las puertas. La que se sentía obligado a atravesar estaba pintada de celeste, mientras que la que el mundo de prohibía traspasar, era rosa. Un rosa suave, inclusive delicado, frágil y aún así imponente.
Su corazón, mandatario del deseo, seguía apuntalándole el pecho, gritándole desde su interior, ordenándole.
Un sudor frío comenzó a bañarle el cuerpo. Se sentía enfermo. Dentro de su cabeza, y en sus oídos, podía escuchar el eco de las palpitaciones frenéticas.
Acercó su brazo derecho al picaporte.
Ya había desperdiciado mucho tiempo en esa decisión y sabía que era inútil seguir retrasándola.
Al fin hizo contacto con el frío metal, que le devolvió una sucesión de recuerdos: en ellos se podía ver hurgando en el ropero de su hermana eligiendo algún sombrero que combinara con los tacos altos. Se vio a sí mismo, con un pequeño corpiño deportivo que había robado en algún negocio lejano, y también vio miles de pequeños dedos señalándolo y otro millas de sonrisas burlonas. Inclusive fue capaz de volver a escuchar los insultos de su padre, y se le erizó el vello de la nuca.
Abrió la puerta, despertando de aquella ensoñación. Al entrar al baño dejó atrás el pudor y las lágrimas. Atravesó el umbral, al mismo tiempo que soltaba una carcajada que retaba al mundo a desafiarlo. Una carcajada fatigada de fingir. Una carcajada que parecía más una bienvenida a ser luna de día, a ser lo otro, a ser lo desagradable, a ser la equis en lugar de la vocal abierta, a ser feliz. O quizá, no era más que una despedida, y la brillante invitación a no ser, y comenzar a existir a su manera.
-Rosario Hollmann.
Cerca suyo estaba la mesa de madera, tipo camping. Y allí sentados había dos hombres y dos mujeres que se repartían un mazo de cartas por turnos.
Sobre el costado derecho de la mesa, había un paquete de galletitas abierto. Lo había comprado antes de salir de la ciudad, en caso de que tuviesen hambre durante el viaje, pero recién lo habían abierto, para tomar el café en saquitos, que encontraron en el bolso azul. Aún a esa distancia, era capaz de asegurar que las galletitas de chocolate rellenas con crema, habían sido las primeras en desvanecerse.
Una puntada en la vejiga, hizo que volviera a hablar, luego de varias horas.
“-Che, me meo...
-Y andá al baño, entonces.
-No quiero, me tendría que levantar. “
Prendió un cigarrillo para hacer tiempo. Lo colocó entre sus labios y al tiempo que acercaba la llama a la punta opuesta, aspiró desde el filtro anaranjado. El humo gris le inundó los pulmones hasta el último alveolo, pasándole con una suavidad seductora por la tráquea, mientras su masa incorpórea rozaba las paredes de su garganta, acariciándolo.
Comenzó a sentir una presión en la parte baja del vientre y, aún así, esperó a terminar el cigarrillo, que se consumió con velocidad.
Resignado se levantó con lentitud, intentando retrasar al máximo el momento de llegar al baño. Sin embargo, el tiempo, que solía transcurrir a su antojo, lo acercó en un abrir y cerrar de ojos a la colina. Ahí se encontró de frente a una pequeña casa, con techo de tejas rojas y paredes pintadas y sucias. El corazón le latía con fuerza en el pecho, repiqueteando. Observó con ojo crítico la casucha que lo atormentaba: había manchas de humedad cerca del piso, donde la pared encuentra su ángulo complementario con el suelo. Allí el pasto, se convertía en un pastizal añejo.
Cinco metros de pared separaban dos puertas. Ambas tenían un cartel cuadrado colgando, de color negro, y dentro había una figura pintada; en la puerta de la derecha tenía un círculo blanco unido a un cuerpo –también blanco- que usaba un vestido. A su izquierda el cartel alojaba otro cuerpo: el suyo. El cuerpo de un hombre.
Volvió a mirar las puertas. La que se sentía obligado a atravesar estaba pintada de celeste, mientras que la que el mundo de prohibía traspasar, era rosa. Un rosa suave, inclusive delicado, frágil y aún así imponente.
Su corazón, mandatario del deseo, seguía apuntalándole el pecho, gritándole desde su interior, ordenándole.
Un sudor frío comenzó a bañarle el cuerpo. Se sentía enfermo. Dentro de su cabeza, y en sus oídos, podía escuchar el eco de las palpitaciones frenéticas.
Acercó su brazo derecho al picaporte.
Ya había desperdiciado mucho tiempo en esa decisión y sabía que era inútil seguir retrasándola.
Al fin hizo contacto con el frío metal, que le devolvió una sucesión de recuerdos: en ellos se podía ver hurgando en el ropero de su hermana eligiendo algún sombrero que combinara con los tacos altos. Se vio a sí mismo, con un pequeño corpiño deportivo que había robado en algún negocio lejano, y también vio miles de pequeños dedos señalándolo y otro millas de sonrisas burlonas. Inclusive fue capaz de volver a escuchar los insultos de su padre, y se le erizó el vello de la nuca.
Abrió la puerta, despertando de aquella ensoñación. Al entrar al baño dejó atrás el pudor y las lágrimas. Atravesó el umbral, al mismo tiempo que soltaba una carcajada que retaba al mundo a desafiarlo. Una carcajada fatigada de fingir. Una carcajada que parecía más una bienvenida a ser luna de día, a ser lo otro, a ser lo desagradable, a ser la equis en lugar de la vocal abierta, a ser feliz. O quizá, no era más que una despedida, y la brillante invitación a no ser, y comenzar a existir a su manera.
-Rosario Hollmann.
7 feb 2011
Colisión.
Lágrimas que se volcaron como cenizas
al candor de la vida.
Llanto, acaso envenenado, en cada partículaque revolotea perdida en el cosmos.
En cada partícula
un salado mundo mojado que se resbala.
En ese resbalar trágico
una caída sin tiempo.
Con el sin tiempo
el universo te da la espalda sin decir adiós.
Pero ahora ya no hay más sin tiempos, ni realidades húmedas, o partículas.
Porque no te ven, y entonces no existís.
E intentás entenderlo en la caída húmeda,
y lo ves y te duele,
pero los hombres no lloran.
-Rosario Hollmann.
(Las frases en este color, perteneces a Alberto Calderón.)
Una bugia veniale.
Que sea una cuestión de fe
la que mine el fardo católico,
y se oigan las voces
¡Per'l amore de Dio!
Si los cayos no te importaban
¿Por qué no caminaste sobre tierra
en vez de hacerlo sobre el agua?
Y mientras, tú aliento
intentaba ser el mío.
Ni en el Nuevo Testamento
ni en el Diagramma della Veritá,
oculto bajo deobleces matemáticos
o la funda de la sábana
en ningún lado estaba explicado;
¿Cómo hacer para alejarte de mi aliento?
Y se oyeron las voces:
¡Per'l amore de Dio
che coglione che ha questa!
Eras más difícil de entender
que DIII
¡Y mirá lo que te digo!
Necesitabas la arrogante verdad,
y tu sed te daba de beber.
Jugabas a ser Dios,
pero la piedra angular
que construyó la iglesia
fue la misma que la destruyó
¡Per'l amore de Dio!
En estados inducidos, iluminada,
pellizcada.
Y la burda verdad te golpeó
con deliberada fuerza,
y tu gemido se convirtió
en hielo seco,
cuando comprendiste.
Y no hiciste más que gritarme:
¡Quereme per'l amore de Dio!
-Rosario Hollmann.
la que mine el fardo católico,
y se oigan las voces
¡Per'l amore de Dio!
Si los cayos no te importaban
¿Por qué no caminaste sobre tierra
en vez de hacerlo sobre el agua?
Y mientras, tú aliento
intentaba ser el mío.
Ni en el Nuevo Testamento
ni en el Diagramma della Veritá,
oculto bajo deobleces matemáticos
o la funda de la sábana
en ningún lado estaba explicado;
¿Cómo hacer para alejarte de mi aliento?
Y se oyeron las voces:
¡Per'l amore de Dio
che coglione che ha questa!
Eras más difícil de entender
que DIII
¡Y mirá lo que te digo!
Necesitabas la arrogante verdad,
y tu sed te daba de beber.
Jugabas a ser Dios,
pero la piedra angular
que construyó la iglesia
fue la misma que la destruyó
¡Per'l amore de Dio!
En estados inducidos, iluminada,
pellizcada.
Y la burda verdad te golpeó
con deliberada fuerza,
y tu gemido se convirtió
en hielo seco,
cuando comprendiste.
Y no hiciste más que gritarme:
¡Quereme per'l amore de Dio!
-Rosario Hollmann.
Segundos.
A lo lejos te podía ver entre llamas. Acostada con un termómetro en la boca, delirando. Si no hubieses estado más cerca de los treinta que de los cuarenta, me hubiese sacado la ropa y hubiese entrado corriendo en tu habitación para gritarte, una y miles de veces más ¡senil! ¡senil! ¡senil!. Pero en vez de haber hecho eso, sólo entré con la cabeza gacha a visitarte. Dormías. No deseaba irme, sin saber si te iba a volver a ver con tus ojos soñadores abiertos y compadrita como siempre.
Hice un poco de tiempo revisando tu biblioteca. Sabía que lo tenía prohibido, pero a esta altura no me importaba. Siempre me pedías que no lo haga, que sería lo mismo agarrar un cuchillo del primer cajón de caoba oscura y abrirte el pecho por el medio, para poder introducir las manos y buscar desenfrenadamente. ¿Buscar qué?, era la pregunta de siempre. Buscar, y sólo buscar por buscar. Hasta encontrar algo lo suficientemente interesante que hable de mí. Y cuando lo encuentres, no sólo no me vas a querer más, sino que vas a pensar que eso fue lo que siempre buscaste y tuviste.
Pero ahí estaba, yo: revisando libros, portadas, cuentos, poemarios. Tapas negras, azules, violetas, blancas. Libros pequeños que me llamaron la atención, y enciclopedias enormes que, sabía, nunca sería capaz de leer. En el último estante encontré un disco de vinilo. Me sonreí, y le arrebaté la envoltura de un solo tirón, casi rompiendo el fino cartón con imágenes en blanco y negro. Busqué el toca-discos, que estaba en tu cuarto de vestir, detrás de una cortina. La púa se clavó en el surco y luego del crujido, comenzó a sonar la introducción de un bandoneón.
Sentí envidia ¿Quién no querría morirse jóven entre todos esos libros, y el resoplar de un tango? Te clavé la mirada, rogando por que abrieras los ojos, te levantaras y bailaras conmigo. Sin embargo seguías respirando débilmente. Acerqué una silla que estaba ocupando espacio, como yo. La puse del lado derecho de tu cama, y me senté. Te acaricié una mano, y respingaste. Seguías siendo tan arisca como siempre, y no pude más que reir hasta perder la voz.
Ahí fue cuando te despertaste, y me miraste acusándome como si conocieras mis pensamientos. Fruncí el seño y me endurecí.
Bostezaste, y te levantaste de un salto, así moribunda como estabas. Probablemente habías enloquecido pero ¿qué te podía decir? Si ya estaba resignada a que en algún momento sucediera. Te tardaste demasiado. Te vi, entonces, levantarte, ir al baño e intentar desintegrar tus dientes con un cepillo rojo. Revisaste la biblioteca, y encontraste un pequeño tesoro. Aun así,tenías las facciones sorprendidas, como si nunca hubieses notado la belleza de las hojas descansando en la madera blanca y pulcra. Un arcoíris de cartón y alguna que otra tela se formaba con el lomo de los libros. Yo te espiaba de reojo, esperando que no lo notaras. Y vos seguías concentrada en los libros, como siempre. Pusiste un vinilo, y el molesto ruido de la púa deslizándose me astilló los oídos. Cuando me rozaste la mano, la sentí hirviendo, y húmeda. Te gruñí para que no sintieras el momento en que mi corazón dejaba de latir. Sabía que pronto no sería más que un recuerdo en alguna mente desvelada, un puñado de polvo, o algunos huesos que se desintegrarían con el tiempo. Y así y todo, me sorprendió que no entraras desnuda a la habitación para gritarme ¡senil! ¡senil! ¡senil!
Hice un poco de tiempo revisando tu biblioteca. Sabía que lo tenía prohibido, pero a esta altura no me importaba. Siempre me pedías que no lo haga, que sería lo mismo agarrar un cuchillo del primer cajón de caoba oscura y abrirte el pecho por el medio, para poder introducir las manos y buscar desenfrenadamente. ¿Buscar qué?, era la pregunta de siempre. Buscar, y sólo buscar por buscar. Hasta encontrar algo lo suficientemente interesante que hable de mí. Y cuando lo encuentres, no sólo no me vas a querer más, sino que vas a pensar que eso fue lo que siempre buscaste y tuviste.
Pero ahí estaba, yo: revisando libros, portadas, cuentos, poemarios. Tapas negras, azules, violetas, blancas. Libros pequeños que me llamaron la atención, y enciclopedias enormes que, sabía, nunca sería capaz de leer. En el último estante encontré un disco de vinilo. Me sonreí, y le arrebaté la envoltura de un solo tirón, casi rompiendo el fino cartón con imágenes en blanco y negro. Busqué el toca-discos, que estaba en tu cuarto de vestir, detrás de una cortina. La púa se clavó en el surco y luego del crujido, comenzó a sonar la introducción de un bandoneón.
Sentí envidia ¿Quién no querría morirse jóven entre todos esos libros, y el resoplar de un tango? Te clavé la mirada, rogando por que abrieras los ojos, te levantaras y bailaras conmigo. Sin embargo seguías respirando débilmente. Acerqué una silla que estaba ocupando espacio, como yo. La puse del lado derecho de tu cama, y me senté. Te acaricié una mano, y respingaste. Seguías siendo tan arisca como siempre, y no pude más que reir hasta perder la voz.
Ahí fue cuando te despertaste, y me miraste acusándome como si conocieras mis pensamientos. Fruncí el seño y me endurecí.
Bostezaste, y te levantaste de un salto, así moribunda como estabas. Probablemente habías enloquecido pero ¿qué te podía decir? Si ya estaba resignada a que en algún momento sucediera. Te tardaste demasiado. Te vi, entonces, levantarte, ir al baño e intentar desintegrar tus dientes con un cepillo rojo. Revisaste la biblioteca, y encontraste un pequeño tesoro. Aun así,tenías las facciones sorprendidas, como si nunca hubieses notado la belleza de las hojas descansando en la madera blanca y pulcra. Un arcoíris de cartón y alguna que otra tela se formaba con el lomo de los libros. Yo te espiaba de reojo, esperando que no lo notaras. Y vos seguías concentrada en los libros, como siempre. Pusiste un vinilo, y el molesto ruido de la púa deslizándose me astilló los oídos. Cuando me rozaste la mano, la sentí hirviendo, y húmeda. Te gruñí para que no sintieras el momento en que mi corazón dejaba de latir. Sabía que pronto no sería más que un recuerdo en alguna mente desvelada, un puñado de polvo, o algunos huesos que se desintegrarían con el tiempo. Y así y todo, me sorprendió que no entraras desnuda a la habitación para gritarme ¡senil! ¡senil! ¡senil!
-Rosario Hollmann.
6 feb 2011
Sin título.
me dibujo en el cuerpo desnudo palabras
tu nombre se entierra gota a gota
en mi abdomen
hasta que suena la conciencia y vuelve el ardor
-Rosario Hollmann.
tu nombre se entierra gota a gota
en mi abdomen
hasta que suena la conciencia y vuelve el ardor
-Rosario Hollmann.
4 feb 2011
Sonrisa
Robarle lapiceras Bic negra a la abuela
Que después voy a usar
para escribirle versos frágiles de cristal a ella
(que no sabe de dolor).
A la abuela,
encontrarla más desteñida, más gris,
más muerta.
Mentirle que mis lágrimas son de alegría,
para no decirle que le lloro al tiempo
(Que le ruego de rodillas).
Imaginarte en una callecita, y verte fugaz,
suplicando por algún amor (que no soy yo).
Que me veas más desteñida, más gris
acaso más muerta.
Y que no sepas que me contás los segundos
en sonrisas verticales.
-Rosario Hollmann.
Que después voy a usar
para escribirle versos frágiles de cristal a ella
(que no sabe de dolor).
A la abuela,
encontrarla más desteñida, más gris,
más muerta.
Mentirle que mis lágrimas son de alegría,
para no decirle que le lloro al tiempo
(Que le ruego de rodillas).
Imaginarte en una callecita, y verte fugaz,
suplicando por algún amor (que no soy yo).
Que me veas más desteñida, más gris
acaso más muerta.
Y que no sepas que me contás los segundos
en sonrisas verticales.
-Rosario Hollmann.
3 feb 2011
Regresión.
Me tocó con sus manos ásperas y cálidas, herejes y devotas. No le importó la extensión de los versos que le escribí.
Se me tiró encima con la delicadeza de una pluma que se desprende del cuerpo involuntariamente, y resignada cae. Sin embargo, el choque de su tacto fue lo suficientemente agresivo como para devolver, en un segundo, todos los recuerdos que me hicieron doler la cabeza. Quería vomitar, pero su piel en la mía, eran polos opuestos de dos imanes.
Me miró a los ojos, como si mirara una utopía. Entonces ¿para qué decir que algo me estaba destripando, que unos dientes punzantes me desgarraban el esófago, y que esa misma boca estaba a punto de besarme?
Mientras, mi sangre se volvía un vino espumante. Cosecha tardía de la peor selección, que me iba a tomar yo sola en el próximo almuerzo mientras recordaba un cuerpo.
Con el hervor de mi sangre, se mezclaba el veneno de su saliva. Y la humedad mínima prometida por el meteorólogo se elevó hasta el infinito.
Toda su piel se me regalaba con el polvo del piso, que ahora podía aspirar.
Su cuerpo, una suerte de lugar común, se había convertido en una prisión aguada y oscura donde estaba condenada a pasar otra eternidad enferma, de uñas en una pizarra.
-Rosario Hollmann.
Se me tiró encima con la delicadeza de una pluma que se desprende del cuerpo involuntariamente, y resignada cae. Sin embargo, el choque de su tacto fue lo suficientemente agresivo como para devolver, en un segundo, todos los recuerdos que me hicieron doler la cabeza. Quería vomitar, pero su piel en la mía, eran polos opuestos de dos imanes.
Me miró a los ojos, como si mirara una utopía. Entonces ¿para qué decir que algo me estaba destripando, que unos dientes punzantes me desgarraban el esófago, y que esa misma boca estaba a punto de besarme?
Mientras, mi sangre se volvía un vino espumante. Cosecha tardía de la peor selección, que me iba a tomar yo sola en el próximo almuerzo mientras recordaba un cuerpo.
Con el hervor de mi sangre, se mezclaba el veneno de su saliva. Y la humedad mínima prometida por el meteorólogo se elevó hasta el infinito.
Toda su piel se me regalaba con el polvo del piso, que ahora podía aspirar.
Su cuerpo, una suerte de lugar común, se había convertido en una prisión aguada y oscura donde estaba condenada a pasar otra eternidad enferma, de uñas en una pizarra.
-Rosario Hollmann.
Escampar.
¿Escuchaste?
Desde este lado del vidrio no para de llover.
Un carricoche despierta la siesta de la ciudad:
todo se levanta.
Y entre párpados el color.
Tu perfume flota en el fondo del río.
y los poemas dejan de ser una letra al lado de la otra.
¿Sentís?
Del otro lado del vidrio, sigue lloviendo.
-Rosario Hollmann.
Desde este lado del vidrio no para de llover.
Un carricoche despierta la siesta de la ciudad:
todo se levanta.
Y entre párpados el color.
Tu perfume flota en el fondo del río.
y los poemas dejan de ser una letra al lado de la otra.
¿Sentís?
Del otro lado del vidrio, sigue lloviendo.
-Rosario Hollmann.
2 feb 2011
Caer.
Nos detenemos en la caida.
(Acaso caer para arriba)
Esperarte sin sentir.
Con caricias ásperas de papel.
Y beber el vino del tiempo, entre tus manos.
-Rosario Hollmann.
(Acaso caer para arriba)
Esperarte sin sentir.
Con caricias ásperas de papel.
Y beber el vino del tiempo, entre tus manos.
-Rosario Hollmann.
Educadora.
Estoy quebrada. Escucho tu verborragia llena de culpa. No entiendo nada.
Desaparece el todo en el todo.
Quedan mis almas flotando
en esa
oscuridad densa.
Le doy la mano a una mujer rubia que ya no es parte
de mí.
Nace el todo absorvido por el todo que vomita.
Una señora me pide que cuide el lenguaje. Me seco.
Repite lo que dije.
Pido disculpas.
Tiene razón.
RM: No insultar el úinico refugio que se posee.
-Rosario Hollmann.
Desaparece el todo en el todo.
Quedan mis almas flotando
en esa
oscuridad densa.
Le doy la mano a una mujer rubia que ya no es parte
de mí.
Nace el todo absorvido por el todo que vomita.
Una señora me pide que cuide el lenguaje. Me seco.
Repite lo que dije.
Pido disculpas.
Tiene razón.
RM: No insultar el úinico refugio que se posee.
-Rosario Hollmann.
Sin título
recuerdo la mujer desnuda
reflejada en un espejo de huesos quebrados
de sombras violetas en el vacío
esa era yo:
la amante enamorada
pintada en un muro de cuarto de hotel.
-Rosario Hollmann.
reflejada en un espejo de huesos quebrados
de sombras violetas en el vacío
esa era yo:
la amante enamorada
pintada en un muro de cuarto de hotel.
-Rosario Hollmann.
1 feb 2011
Traición.
Dejé de sentir el cuerpo, para saber lo que era el dolor.
Fuego.
Me incinero. Se cae el muro de los ojos cocidos, a la boca cocida, a los pies mutilados.
A los párpados cortados.Tener que percibir cada momento.
Y el secreto de un tercero escondido entrenosotras.
-Rosario Hollmann.
Fuego.
Me incinero. Se cae el muro de los ojos cocidos, a la boca cocida, a los pies mutilados.
A los párpados cortados.Tener que percibir cada momento.
Y el secreto de un tercero escondido entrenosotras.
-Rosario Hollmann.
Sin título
Entre cuatro versos y sollozos,
pregunto si de las lágrimas va a nacer algo.
El silencio me respondeque sólo yo sé eso.
Y ahí está, otra vez, tu mirada dedesconsuelo en la pared.
-Rosario Hollmann.
pregunto si de las lágrimas va a nacer algo.
El silencio me respondeque sólo yo sé eso.
Y ahí está, otra vez, tu mirada dedesconsuelo en la pared.
-Rosario Hollmann.
Vida.
Dormir. Dormir hasta nunca soñar.
Dormir, y no volver.
Este es el instante previo para nuestros cuerpos
henchidos en agudas formas oscuras.
-Rosario Hollmann.
Dormir, y no volver.
Este es el instante previo para nuestros cuerpos
henchidos en agudas formas oscuras.
-Rosario Hollmann.
Reunión en tercera persona.
El judío hizo un gesto de asentimiento. El plan propuesto era evidentemente el mejor, pero, por desgracia, se oponía a su inmediata realización un obstáculo nada flojo: la repugnancia invencible, la antipatía violenta y arraigada que sentían. Y allí estaban todos sentados, todos hombres, todos serios. No había cara sin sombra, ni nombre sobre el cual escupir. Lo único que existía era esa nada, ese asco fraternal de cada cara bien rasurada, con los ojos duros, con el sexo flojo y un vaso de vacío en cada mano.
Afirmó de nuevo, una y mil veces más. En cada asentir había una y mil noches rancias con soles negros y estrellas negras, humo negro y presencias negras. El día estaba de luto, y él asentía. Firmó el pacto con una birome azul. No entendía por qué entre esos cuatro muros llenos de oscuridad y sombras, firmaba con una birome azul. Aun así no se resistió. Simplemente garabateó la hoja.
Encendió un cigarrillo y lo fumó con prisa. Ahora, en su soledad, decidió volver a refugiarse entre sus botellas vacías de sueños. Repasó el plan mentalmente. No iba a dormir. Agarró un libro de poesía y lo hojeó sin interés. El tiempo pasaba, y comenzó a escatimar el líquido de la botella. Se levantó y se acercó a un espejo: nada. No había nada que ver, o mostrar más que unas manos azules, muertas, esperándolo pacientemente.
Se sentía reloj cuenta-atrás tic-toc pasaban los segundos y le hacían eco en el interior lleno de vacío lleno de flores muertas pastos carbonizados sombras almas viejas piel desechada estaba lleno de nada de alcohol. Vomitó.
Otra vez estaban allí, sentados con vasos llenos de vacío. Con sus caras sin nombres. Estaban todos. Se miró en cada uno. Allí estaban todos sus yos esperándolo. Sonriéndole afiladamente, vomitando risas opacas, con sus huesos compañeros. Quiso saber dónde dejar sus ojos, y dónde el perfume de su última alma. Se sentó a la mesa, pero ya nadie lo contemplaba: formaba parte del dibujo en la pared, del conjunto de sombras que miraban a un hombre sentado a la mesa, esperando con paciencia infinita que tomara una decisión.
El judío hizo un gesto de asentimiento. El plan propuesto era evidentemente el mejor, pero, por desgracia, se oponía a su inmediata realización un obstáculo nada flojo: la repugnancia invencible, la antipatía violenta y arraigada que sentían.
Sin título
Las pestañas
rozaban el final del vacío.
Ahí donde hay un muro negro
y aroma a cianuro.
Ese lugar
(nos es más que
un momento)
donde nos convertimos en
tiempo.
-Rosario Hollmann.
rozaban el final del vacío.
Ahí donde hay un muro negro
y aroma a cianuro.
Ese lugar
(nos es más que
un momento)
donde nos convertimos en
-Rosario Hollmann.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)